Hesse, Mi Primer Autor

“El pájaro rompe el cascarón. El huevo es el mundo. El que quiere nacer tiene que romper un mundo. El pájaro vuela hacia Dios. El Dios es Abraxas.”

Después de los clásicos infantiles de Hans Christian Andersen y las versiones para niños de Don Quijote de la Mancha, Moby Dick y las biografías de personajes ilustres, mi promer acercamiento a una obra literaria completa fue Demian, de Hermann Hesse, y puedo asegurar que a partir de esa incursión en el multiverso de la palabra escrita, mi destino quedó sellado y no sólo me volví lectora compulsiva, sino también constructura de mundos que, en su mayoría, deben estar desperdigados entre cientos de papeles que embodegué mientras me esforzaba, como periodista, en reseñar la devastación cotidiana de lo que, un día que jamás llegó, sería la gran nación mexicana.

Me miro en retrospectiva en el salón de clases del primer grado de una escuela secundaria pública, escuchando con apasionada atención la clase de español de un profesor cuyo nombre lamentablemente no recuerdo ya, aunque su estampa permanece tan clara en mi memoria, que si lo encuentro en una nueva vida, lo reconoceré en el instante: Un hombre muy bajito, delgado y calvo, al borde de la ancianidad, siempre vestido impecablemente de traje y corbata, que cargaba en una mano el libro en turno para analizar en clase.

El profesor dijo un día que para aprender Español, había que leer con un diccionario al lado y observar la estructura del lenguaje de las grandes obras de la literatura. Afirmó que sin literatura no se aprendía español, y sin duda, el maestro no comulgaba con el viejo adagio italiano de “Traduttore, traditore” pues nos recomendó que preguntáramos en las librerías por buenas traducciones de cualquier obra de la entonces llamada “literatura universal”, porque no sólo aprenderíamos buen español, sino que se nos abrirían las puertas a nuevas formas de pensar, a otras culturas.

Y fue entonces que el profesor, un ameno relator de historias, me llevó a conocer a Hermann Hesse, su obra y las filosofías orientales que habitan su obra.

Max Demian no fue sólo el guía espiritual de Emil Sinclair, sino también el mío propio. Me indujo a buscar y a encontrar. Mi trabajo literario, fantástico, esotérico y en cierto sentido filosófico, no se desprende aún ahora [2018] de las lecciones de vida que el místico enigmático Demian (el domador o entrenador, según su etimología, o espíritu tutelar en las mitologías antiguas), príncipe de la dualidad universal, dejó para la humanidad en las palabras de Hesse.